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Nicarso Duno muestra su mundo mágico y religioso

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Las puertas de la Galería Sara Palacios, ubicada en el valle de Nayón, volvieron a abrirse a mediados de este mes, con la exposición ‘Los cuentos de Falcón’, una serie de 19 cuadros, de gran formato, pintados por el artista venezolano Nicasio Duno, radicado en Quito desde hace dos años.

Esta muestra, que también se puede ver a través de un recorrido virtual accediendo a la página de la galería, está marcada por la confluencia que Duno logra entre lo mágico y lo religioso. Son mundos donde lo local -recuerdos de su tierra y de las vivencias que ha tenido en Ecuador en estos años- dan cuenta de lo universal.

En sus obras conviven las historias sobre el campo, que le contaban sus mayores cuando era niño, y las que son parte de la religiosidad católica. En varios cuadros, como El milagro de la vida, se muestra su interés por fabular con el Génesis y sus símbolos, como la manzana del árbol prohibido.

En esta serie aparecen seres en constante diáspora física y afectiva. Estos dan cuenta de un discurso pictórico, en el que se habla de la soledad del presente y la añoranza del pasado. El artista juega con una paleta de colores, en la que el sepia y el ocre conviven con los verdes intensos y el turquesa.

A diferencia de lo que sucedió en ‘Magin’, su primera muestra en esta galería, cuyas obras fueron pintadas en Venezuela, las de esta exposición fueron creadas en Quito, en el transcurso de los últimos meses. Duno cuenta que aquí también encontró esas conexiones entre lo mágico y lo religioso y que se dio cuenta que son mundos que están presentes en el paisaje de toda Latinoamérica.

“Mi vida siempre estuvo marcada por esta dualidad. Así que decidí que mi obra se iba a caracterizar por una fusión que permita poner sobre el lienzo toda la información que tenía sobre ellos. Mi idea es fabular con esos conocimientos, a través de lo onírico, hasta convertirlas en una metáfora”, dice el artista.

Los cuadros también están poblados por un espíritu herbal y floral. Las flores aparecen como parte del paisaje urbano en jarrones, pero también como adornos personales, como sucede en Poema en la casa del Sol. Las hojas llenan pisos, cubren contornos e incluso recubren cuerpos. Así, la flora deja de ser algo accesorio para convertirse en otro personaje.

Sus obras tienen la capacidad de jugar con la perspectiva del espectador, a través de imágenes surrealistas. Esto sucede, sobre todo, en cuadros como Ciudad de los anónimos, en la que en un primer plano aparecen un grupo de personas, algunos con los ojos tachados con una línea negra, en sepia y en un segundo plano una especie de damero llenó de casas coloridas.

La muestra es una invitación a la contemplación. Sus cuadros, en los que aparecen de forma recurrente seres que flotan, aves, búhos y lunas que alumbran con la intensidad del sol, están poblados de detalles que solo saltan a la vista si el espectador recorre la imagen con detenimiento. “Lo que siempre he tratado -dice- es iniciar una conversación con las personas que tengan la oportunidad de ver mis obras”

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